Sexto mejor álbum de la década 00’s


6.- Interpol – “Turn On The Bright Lights”


● Calificación: [ 9.5 / 10 ]  


“Los neoyorquinos hacen algo sorprendente en su debut que jamas pudieron superar”


● Canciones recomendadas: Todo el álbum. 

A principios de la década pasada, un ambiente sombrío se podía oler y sentir en todos los rincones del mundo. Las amuniciones se preparaban para dar en el blanco del corazón de algún Iraquí inocente, las lluvias olor a sangre invocaban fenómenos climáticos producidos por nuestra enfurecida madre tierra y la niebla brotaba de las ruinas de un plan injustamente calculado. La música se encontraba en medio de esta agitación, de la duda, de la añoranza de tiempos ya idos, muchos ensambles musicales recurriendo desesperadamente al pasado en búsqueda de una re-afirmación a toda esta destrucción de esquemas y esperanzas.

El punk de los 90’s había tomado de una forma u otra inspiración de movimientos como el post-punk. Pronto más que una inspiración, se volvería una obsesión esnobista y tal vez en cierto punto, un punto de referencia para los tiempos de la nueva década, la cual daba sus primeros y trágicos pasos; el volver a aquel pasado gris que una vez inundó las calles frías de una Europa industrial y vuelta mierda (en todo el sentido de la palabra), de persecuciones políticas nefastas, de censura, de un futuro incierto por parte del padre atómico. De un momento a otro, todo lo que estaba escondido debajo de las telas de la comodidad, de aquel auge capitalista, se estaba revelando por un instante para las masas, y mientras un sector musical altamente privilegiado decidía en aprovechar el momento con decadencia y glamor burgués, otros refinaban su visión densa de la condición humana en medio de un mundo hecho pedazos.

Y es ahí en donde entran nuestros protagonistas: Interpol, una banda que surge previos momentos antes del milenio y que sintetizaba tanto la música underground del post-hardcore norte americano y la facción sombría del post-punk. Esta banda modernizó (o post-modernizó) un lenguaje desesperado y oscuro para construir un primer disco de proporciones monolíticas: la banda sonora a una metrópolis destruida, un tributo espiritual a los cadáveres putrefactos que maldecían a los rascacielos de ‘Manhattan’, ciudad de donde ahora se despedía el humo de aquellas torres condenadas.

El disco abre con la elegía airosa de ‘Untitled’, unas guitarras tenues y cristalinas flotan tan agraciadamente, que parece como si fueran ondas luminosas que estuvieran viajando a través del universo. El glorioso ritmo hueco de Dengler y Fogarino entra el segundo 39 para envolverse con la atmosfera etérea. De repente todo se torna nauseante, como si nos estuviéramos preparando para algún aterrizaje abrupto, algún accidente sin salida. Algo anda mal. Y Paul Banks en cierta forma parece advertirnos algo. Nos susurra al oído de manera delicada e impresionista lo siguiente: “Surprise, sometimes, will come around…when your down”. Esta bella canción de repente hace implosión, se resquebraja lentamente hasta que no quedan huellas de ella: se evapora

Aquello que estaba mal en el primer lugar se revela de manera inmediata en ‘Obstacle 1’. Paul Banks recita su poema macabro a una piel oscurecida siendo devorada por gusanos blancos; bajo tierra se encuentra su deliciosa amante. Un funk fatalista abre su paso como aquella multitud enfurecida dispuesta a ejecutar a Luis XVI y María Antonieta. Los tambores de guerra son golpeados con una rabia abrasadora, tribual, ritual, mientras que las guitarras de Banks y Kessler se deslizan, encuentran, muerden y separan como dos serpientes en un duelo desconcertante mientras que Carlos Dengler usa con toda destreza sus dedos de mantequilla para fabricar una tela de gran fuerza sobre la cual se puedan sujetar las arrolladoras vocales de Banks. Vocales que parecen salir de algún velo gris en una cripta desolada. Cuando Banks grita, “you go stabbing yourself in the neck”, debe ser de lo más trágicamente desarmador puesto en cinta magnética desde quién sabe cuando rayos.

Los pocos rayos de luz, como una catedral iluminada bajo el océano, se vislumbran con el tributo nostálgico de ‘NYC’. Tan hermoso como un muy mal intento de elegía a una ciudad en escombros, una “poesía” que intenta ser bohemia, entre la negra nicotina, chaquetas encenizadas, bomberos carbonizados, lagrimas y clubes sumergidos en una neblina naranja de neón, llenos de caras falsas y brillantes bailando, follando, drogándose y tomando sin consciencia, como si no hubiera mañana alguno. “I had seven faces, though I knew which one to wear. I’m sick of spending these lonely nights: training myself not to care”. Los cuervos anidan en el Empire State, mientras aves de carroña sobrevuelan Queens en donde un vagabundo moribundo se encuentra tirado en la nieve. Aquel tipo con el torso desnudo y barba de cuatro días, que se encuentra en la terraza de su loft a las 4 a.m. se toma un whisky, mientras contempla si es buen momento para suicidarse.

Las guitarras se acordonan, se entrelazan, como cables eléctricos echando chispas. Aunque yo no puedo sentir la menor simpatía y romanticismo por aquella ciudad, uno siente ganas de estar del lado de Paul, de chuparse la tristeza y quedar como una esponja cuando de manera esperanzadora nos dice que “it’s up to me now, to turn on the bright lights”. No hagan una teoría filosófica-matemática al respecto: sientan.



Ahora la cara arrastrada contra el gris del asfalto durante las diez millas de ‘PDA’. El sonido de la alienación romántica al mirar la fachada del Congreso y sentir ganas de vomitar desalmadamente pero sin obtener alivio alguno. Así, aunque un poco más robótico, más frío, un día gris en los suburbios. Ese tipo con sus medias rotas está a punto de inmolarse en el hospital psiquiátrico. Alguien atado con cadenas al fondo del mar. La misa que se dió en una iglesia mormona post-9/11: daban ganas de morir ahogado bajo los vidrios rojos, gigantescos e entintados de aquel momento. Un desamor surrealista llevado al ritmo neandertal-europeo cuasi cuatro cuartos, “you look so cute when you’re frustrated, dear. You look so cute when you’re sub-dated, dear. Sleep tight. Grim rite. We have two hundred couches where you can sleep tight, grim rite. SIMPLETON! Sleep tonight. SIMPLETON!”. Son sofás de plomo, ten cuidado, igual te mueres.

Repulsión y paranoia representadas en ladridos oxidados y mecánicos. Siniestro, discordante, ensoñado. Futurista, hipnótico. 5 minutos, cero-cero segundos.

El fantasma de Britania embarniza la pegajosa y exquisita ‘Say Hello To The Angels’. La banda al parecer se encuentra en el modo de “bienvenidos al rompimiento más grande mi vida” o alternativamente “me estás enloqueciendo porque eres el amor no-correspondido más grande de mi vida”. Sam Fogarino golpea con la fuerza de un torero su kit (kat), las guitarras evocan al volador escocés de Postcard Records por todas partes en sus melodías dulces y a la vez secas y angulares. Paul Banks se presenta como todo un galán romanticón, presentándonos las heridas de espinas de rosas que se encuentran en sus manos (“Tus partes silenciosas, aquellas que las aves adoran. Sé que existe tal lugar. Voltee mi espalda. No te diste cuenta que estaba solo”) y Dengler está que no pueden contenerlo desde su jaula leonina. Todo es tan malditamente grandioso de esta canción que se me paran los pelos de la nuca cada vez que la escucho. Es como si toda la energía de esta canción se concentrara para convertirse en un huracán que termina arrasando no con el pueblucho en donde se encontraba Dorothy jugando con su perro ovejero, sino todo el reino de Oz. Cuando se menciona la cursi letra de: “This is a concept; this is a bracelet THIS ISN’T NO INTERVENTION. THIS IS A NEW YEAR, WHAT YOU THOUGHT WAS SUCH A CONQUEST; your hair is so pretty and red”, no puedo evitar pensar en temáticas tan parecidas que me ha tocado sentir con s mayúscula. Así que el titulo no podría ser más apto: dile hola a los ángeles.

‘Hands Away’ es una meditación en la oscuridad. Una oración en un lugar que jamás ha existido. Los golpes incesantes de aquellos platillos son como una suave lluvia que ha venido a neutralizar aquel torrente de emociones repulsivas que se iban acumulando hasta este punto. Pero a la vez, hay una gran melancolía, una profunda resignación que es palpable en el aire de la canción. ¿Y qué es?
La segunda parte del disco es un descenso maligno a las profundidades, propiciado muy oportunamente por ‘Obstacle 2’. La desesperación de aquello que no es correspondido emocional y objetualmente ha llegado a un punto inviable mientras que los acordes musculares se desdoblan en melodías diablescas y retorcidas. El protagonista alucina y se asegura a sí mismo y de manera amenazante que todo estará bien y todo lo que sucede con aquella silueta escondida en las sombras es ‘real’, pero también no puede contener su frustración cuando afirma que: “I’ll stand by all this drinking if it helps me through these days. It takes a long time just to get this off straight. The show is at Route 7; we’ll find a right place. It takes a long time…” y para cuando se llega al momento catártico de la canción, los acordes serruchan de manera macabra y gótica, mientras que nuestro protagonista se ahoga en el veneno de su propia psicosis.

El hilo no se pierde. Las fantasías de una sexualidad vacía, fría y plástica fueron exorcizadas por Roxy Music en su disco ‘For Your Pleasure’, pero Interpol se atreve a renovar aquella temática de una manera fetichista en ‘Stella Was a Diver and She Was Always Down’ (titulo de canción que obviamente tiene dos significados). Aquel objeto de placer es una vez más imposible. Se observa a la distancia a aquel objeto, las memorias se mimetizan con una lujuria insensible, un deseo sin rostro. Y aquel objeto -porque no hay pista alguna de humanismo en la letra- no es feliz o no siente ya absolutamente nada: lo rompieron, pobre. Hay una malicia en aquella observación distante del objeto, y a la vez queda claro que el protagonista de la letra tuvo algún encuentro cercano con aquello que desea. Es una especie de apego, pero del tipo de apego que me podría imaginar de alguien que encuentra placer en observar un calendario lleno de fotos de maniquíes.

“Stella! Stella! Oh, Stella! Stella…I love you, Stella I love you, STELLA I LOVE YOU!”

Cada vez que se grita que aquel objeto está roto en la canción, se puede casi sentir un peso medido en toneladas y toneladas que aplasta todo en su camino, que me aplasta, que nos aplasta. Se escucha un beso. Comienza a sonar un tecladito de juguete en el fondo y prontamente la analogía entre este instrumento infantil y aquel objeto no se hace esperar:

“Well she was my catatonic sex-toy love joy-diver. She went down, down, there into the sea; she went there down, down there, down there for me. Right on. Oh yeah. Right on. So good”

Y de repente las guitarras imitan aquel movimiento sexual. Se torna grotesco. Y a la vez trágico. La historia que se narra jamás tendrá resolución y aquel juguete no se podrá arreglar nunca, ni con pegante, ni con Super-BonderTM, ni con las chispas de un electrodo.


‘Roland’: mi mejor amigo es un carnicero. Tiene 16 cuchillos.

Los lleva por toda la ciudad, al menos lo intenta. Oh! MIRA, dejó de nevar.

Mi mejor amigo es de Polonia, y, um, tiene una barba.

Pero lo atraparon con su maletín en un caso público, eso fue lo que temíamos.

El secretamente amputó segmentos, ¿te gusta eso?

Siempre tuvo el tiempo para hablar conmigo, me caía bien por eso. Siempre se tomó el tiempo.

Siempre se tomó el tiempo.

Muy probablemente alguna conversación que se escuchó en algún aeropuerto entre dos personas sobre un criminal que resultó ser un muy buen amigo, y que ahora que se lo van a llevar a la cárcel, se lamentan al respecto. Tampoco era que ellos fueran los buenos amigos de esta historia, la vida continua. A la vez lo representan de una manera graciosa, de una manera absurda. ¿Y qué tiene que ver todo esto? Nada. Al parecer las letras no tienen tanta importancia como la atmosfera sucia que generan los instrumentos. Una atmosfera urbana peligrosa y decadente que apesta a basura en estado de descomposición, cañerías y de seres peligrosos en algún callejón a la medianoche. Esta ambientación sonora es suficiente para traer a la memoria a aquella innombrable banda que ha servido injustamente de miles de comparaciones, pero no hay caso. Aquella distante banda tenía de referencia la alienación de textos como los de J.G. Ballard, en cambio Interpol, simplemente perciben lo que se encuentra en el ambiente de la metrópolis en la que habitan y la traducen a un sonido que se encuentra lejos de ser tan frío como la tuerca de un robot. Sudor y violencia.



La elegía ámbar de ‘The New’ es lo más hermoso que ha escrito esta banda. Se anuncia como con luminiscentes gotas de vidrio azul cayendo lentamente a la tierra negra en donde quiebran delicadamente. Ahí, entran las primeras notas de bajo, solemnes y melancólicas dando paso a las encharcadas guitarras que se funden con el fondo para convertirse en silencio una y otra vez. Banks se tiene fuertemente mientras nos da un confesionario de sus sentimientos, transcritos a una letra banal en donde florecen varios “baby, baby” de manera desconcertante. Las notas se vuelven más insistentes, endulzadas, avainilladas, cristalinas. “I can’t pretend, I don’t need to defend some part of me from you”, y parecen alcanzar breves momentos de una luminosa trascendencia. Pero se detienen. Al minuto 2:22 parece como si fueran a invocar a los dioses de la lluvia por medio de un motivo instrumental casi infantil, que se torna y torna errante hasta que efectivamente la sección rítmica irrumpe en forma de matoneo, acabando con la tranquilidad que se había generado hasta ese momento. Y ahí deciden abrir la caja de pandora. Todo se torna infernal, de un pánico frío que recorre las guitarras efervescentes (excesivamente teatral), “you’re looking alright tonight, I think we should go!” son las últimas voces que se escuchan, que suenan más como furiosos alaridos generados desde el inframundo. Aquel malestar es canalizado y estirado en una coda instrumental que no le iría tan mal en ambientar una vampírica historia de Edgar Allan Poe. Despedazador.

Para finalizar, las emociones ya marchitas son condensadas en ‘Leif Erikson’. Me podría imaginar una multitud ocultista de la era victoriana vestida con sacros mantos blancos, avanzando ceremoniosamente hacía un gran Mausoleo de mármol, para rescatar algún secreto codificado sobre la muerte. Y en cierta forma, sí, es una especie de ‘canción para los muertos’, una para despedir todo sentimiento que pudo haber acosado a Paul Banks en el pasado (y la misteriosa receptora de esos sentimientos). La música nada en un fango espeso; se logra una refinación que parece que remitiera a tiempos más antiguos (una contradicción). Un monstruoso y cadavérico órgano hechiza la canción, y la hace más desesperanzadora aún. El luto no hace sino acrecentarse a medida que avanza la canción, y Banks cada vez más castigador, más seco, las guitarras cada vez más ensordecedoras y metálicas, el redoblante cada vez más brutal y simple, el bajo se mimetiza con todo este ruido hasta volverse irreconocible.


Por: Fer GM

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